La paz nos llama: cinco días para levantar una casa en El Tarra

Semana por la Paz 2026 en el Catatumbo, Norte de Santander
En el nororiente de Colombia, donde la cordillera se asoma a Venezuela, el cielo del Catatumbo sabe de tormentas. El Tarra proviene del vocablo indígena Motilón-Barí Tarra, que significa: «Encerrado entre ríos», «Lugar de defensa». Este territorio lleva en su entraña el murmullo del agua, la lluvia constante, el abrazo espeso de la selva y los rayos del faro del Catatumbo. Quien quiere levantar allí una casa aprende pronto que no habrá temporada seca para empezar: se cimenta bajo el aguacero, con las manos juntas y los materiales que hay, mientras el viento prueba cada viga y la violencia amenaza con arrasarlo todo.
Entre el dolor de las ausencias, el desplazamiento y las heridas de un conflicto prolongado, su gente insiste en no rendirse. Con una resiliencia construida en comunidad, tejiendo lazos entre jóvenes, niños, mujeres y liderazgos, levantan la voz para proteger la vida y la dignidad humana. Así se construye la paz en El Tarra: en medio de la borrasca, con la certeza de que la paz nos llama, nos mueve y nos une, haciendo que cada muro que se sostiene en pie valga infinitamente más de lo que parece.
El Tarra se encuentra aproximadamente a 292 kilómetros de Cúcuta, capital de Norte de Santander, con un tiempo de viaje de entre ocho y nueve horas por la vía Ocaña. Desde Bucaramanga, la distancia es de aproximadamente 315 kilómetros, con un recorrido estimado de entre cinco horas por vía terrestre. Es un municipio rural del Catatumbo, cerca de la frontera con Venezuela, con unos 27.700 habitantes proyectados para 2025 según el DANE y una población joven. Su economía ha estado ligada a la agricultura, la ganadería y, de forma intensa, a los cultivos de coca, lo que hace de este territorio un espacio estratégico para el control de corredores de movilidad y economías ilegales.

A finales de los años 90 y comienzos de los 2000, El Tarra sufrió una de las ofensivas paramilitares más brutales de la región. El Bloque Catatumbo de las AUC llegó a arrebatar el control territorial y de los cultivos ilícitos a las guerrillas, principalmente el ELN y las FARC, y dejó miles de desplazamientos forzados, masacres, asesinatos selectivos, desapariciones y viviendas quemadas. En febrero de 2000 fue asesinada una veintena de personas y destruida buena parte del corregimiento de Filo Gringo. Miles de familias huyeron y en algunas zonas apenas quedó el 5 % de la población. La violencia dejó una huella de miedo, abandono estatal y estigmatización.
La complejidad de expresiones de violencia no ha cesado. Entre 2025 y 2026, el municipio ha seguido siendo escenario de enfrentamientos entre el ELN y las disidencias de las FARC, en particular el Frente 33. Desde el 16 de enero de 2025, esa confrontación ha abierto una emergencia humanitaria que ya supera un año y medio de duración, y que ha traído desplazamientos de unas 1.300 personas, confinamientos de comunidades enteras y ataques con drones cargados de explosivos contra zonas civiles que han herido a personas, incluidos menores. La población civil sigue atrapada entre la disputa armada y la limitada capacidad de respuesta del Estado, en una violencia que se reconfigura, pero no desaparece.
Hasta ese territorio llega FICONPAZ con el Programa Paz Fase II, una apuesta por la paz que se construye desde abajo. Su idea es sencilla y exigente a la vez: que la Iglesia Católica, puente legítimo entre las comunidades, las organizaciones de la sociedad civil y las instituciones, fortalezca las capacidades de esos ecosistemas de participación para que tengan la fuerza para incidir y participar en las decisiones que afectan a sus territorios. Lo hace en un momento que es decisivo para la historia del país. El Acuerdo de Paz de 2016 cumple diez años con tareas todavía pendientes, el conflicto armado se reconfigura y un nuevo Gobierno Nacional aún no ha mostrado qué rumbo tomará frente al Catatumbo. En ese escenario, el Programa ofrece acompañamiento, formación y protección para que las instancias que la ley colombiana dispuso para la paz, como los Consejos Territoriales de Paz, amparados en la Ley 434 de 1998 y en el Decreto Ley 885 de 2017, no se queden en un papel y sean un lugar donde los diversos sectores sociales y las autoridades locales se sienten a hablar, a decidir y a incidir. El apoyo de Cáritas Noruega contribuye decisivamente a sostener este proceso en Colombia. Su solidaridad, ofrecida desde lejos y animada por la fe en una Colombia reconciliada y en paz, ha permitido que FICONPAZ acompañe durante años, de manera sostenida e integral, a comunidades como la de El Tarra. A Cáritas Noruega, por creer en lo que aún no se veía y sembrar esperanza donde la guerra insistía en quedarse, nuestra fraterna gratitud.
En El Tarra, el Programa Paz se sentó con el Consejo Territorial de Paz, Reconciliación, Convivencia y Derechos Humanos, órgano asesor del gobierno municipal. Gerson Escalante, enlace territorial de FICONPAZ en Norte de Santander, recuerda de dónde partió ese Consejo: tenía una débil representación de la sociedad civil, poca confianza hacia el ente territorial y escaso interés en participar. Hoy cuenta con un plenario que representa a los sectores sociales y no solo cumple el quórum, con una secretaría técnica compartida y con un comité técnico. En suma, en sus palabras, es “un Consejo de Paz funcional”. El acompañamiento incluyó también la elección de las juntas y asojuntas de acción comunal, primer y segundo escalón de la organización comunitaria colombiana. Y llegó a quienes más pagaron el costo de la crisis humanitaria: consejeros, consejeras y líderes que tuvieron que abandonar sus hogares a causa de la confrontación entre el ELN y el Frente 33 desde enero de 2025, y quienes fueron atendidos desde el Fondo de Protección de FICONPAZ.
Con un Consejo de Paz fortalecido y con capacidad de convocar, del 14 al 18 de septiembre de 2026, El Tarra convirtió el lema de la Semana por la Paz en una obra: «La paz nos llama, nos mueve, nos une». Cada jornada fue una etapa de la misma construcción.

El lunes se echó el cimiento, que fue la palabra. En la Institución Educativa Monseñor Díaz Plata, estudiantes y maestros hablaron del cuidado de la palabra y del uso responsable de las redes sociales, y la emisora Asunción Stereo llevó los mismos mensajes por las ondas a quienes no estaban en el aula. En un territorio marcado por la estigmatización, lo primero que se aprende es a medir lo que se dice.
El martes se abrieron las ventanas. En el parque principal, niñas, niños y adolescentes de las instituciones educativas y de la Casa de la Cultura dibujaron y pintaron «El sueño de paz de nuestros niños y niñas», una exposición hecha de trazos para que entre la luz.

El miércoles se tendió la mesa compartida. Un campeonato relámpago de microfútbol reunió a equipos de distintos barrios y caseríos, y entre ellos jugaron firmantes del Acuerdo de Paz de 2016. Todos en la misma cancha, bajo reglas que todos aceptan, y al final reconocimientos con mensajes de inclusión y reconciliación.
El jueves se encendió una llama de esperanza. La jornada central comenzó con la Eucaristía y siguió con una marcha y una velatón por la vida, la dignidad humana, los derechos humanos, la reconciliación y la memoria. El Evangelio habla de la casa edificada sobre roca, que resiste la lluvia, los ríos y los vientos porque no se funda en arena. Allí, el Consejo de Paz presentó su comunicado a la opinión pública. Pidió que la población civil sea protegida y que los actores armados respeten el Derecho Internacional Humanitario, y llamó al nuevo Gobierno Nacional a abrir mecanismos de diálogo con garantías.
«Invitamos a toda la sociedad civil tarrense y Catatumbera a colocar nuestra mirada en el corazón: un corazón que se mueve y palpita por la paz.» «El Tarra no puede acostumbrarse a la violencia ni aceptar que nuevas generaciones crezcan bajo la normalización del conflicto.» «La paz también se construye en la manera como hablamos, escuchamos y reconocemos al otro. Cuidar la palabra es cuidar la vida y cuidar el territorio.» «Hoy, desde El Tarra, queremos decirle al Catatumbo y a Colombia que la paz no puede ser solamente un propósito aislado, debe construirse y protegerse desde cada comunidad, cada familia, cada escuela, cada organización y cada espacio de participación.» «¡El Tarra abraza la vida y sigue construyendo paz!» Consejo Territorial de Paz, Reconciliación, Convivencia y Derechos Humanos de El Tarra, Comunicado a la opinión pública, 17 de septiembre de 2026 |

El viernes se abrió la puerta. El cierre en el parque principal reunió a la comunidad en una feria empresarial, con oferta institucional, actividades culturales y reconocimientos a los participantes, y el comunicado fue socializado para que dejara de ser del Consejo y fuera de todos.
En esta emotiva celebración de la Semana por la Paz participaron 210 personas, de las cuales 180 eran víctimas del conflicto armado. Acompañaron la Alcaldía, la Personería, el Concejo Municipal, la Misión de Verificación de la ONU, la ARN, el ICBF y las comunidades de fe. Yaqueline Mejía, consejera municipal de El Tarra y representante de la Mesa Municipal de Víctimas, la vivió como una semana «muy activa», con todos pendientes de lo que se iba a hacer, y la resume en una pregunta: «¿Qué futuro le queremos dejar a nuestros jóvenes, a nuestros niños?». Y ella misma propone una respuesta: «Que no queremos más guerra en el territorio, no queremos más violencia en contra de nuestros jóvenes». Recuerda que vivieron un año de crisis profunda, con muchas vidas perdidas, y que aun así la gente se vinculó a todo con un sentido de pertenencia «que nos mueve y nos une».

La obra tiene sus límites y es claro que esta celebración en la Semana por la Paz no resolvió las causas estructurales del conflicto y no dejó compromisos vinculantes con el Gobierno Nacional, de modo que los llamados del Consejo de Paz siguen esperando respuesta. Tampoco llegaron todos. Las veredas y caseríos más alejados, las familias desplazadas y quienes no pueden moverse sin riesgo siguieron lejos de la plaza por razones de seguridad y no de interés. Pero algo se siguió reparando. Sociedad civil e institucionalidad volvieron a reconocerse como actores con responsabilidades compartidas, y el Consejo Territorial de Paz, Reconciliación, Convivencia y Derechos Humanos de El Tarra ejerció en voz alta su papel. El trabajo sigue: la Alcaldía se comprometió a mantener su respaldo, el Consejo hará seguimiento a su comunicado y, la semana siguiente, comenzaba un curso de formación para firmantes del Acuerdo.
«Hoy este Consejo de Paz es una oportunidad de trabajo a nivel territorial», dice Gerson Escalante. Y resume lo vivido con una frase que puede servir de piedra angular: la paz en El Tarra se llama, se trabaja y se construye de la mano de todos y de todas.
Seguirá lloviendo en el Catatumbo, crecerán los ríos y el viento volverá a probar cada viga. Pero en El Tarra hay una casa fundada, como la del Evangelio, sobre roca. Su cimiento es la palabra cuidada, sus ventanas las dibujaron los niños, su patio es una cancha donde todos juegan bajo las mismas reglas y en su ventana arde una llama que sigue llamando. Es una casa a medio construir, y quienes la levantan lo saben. Por eso dejaron la puerta abierta para quienes aún no han podido llegar. Mientras ellos vienen, la luz permanece encendida: en El Tarra, la paz ya tiene casa.

El Programa Paz - Fase II es acompañado por FICONPAZ,
con el apoyo de Cáritas Noruega.
Descubra cómo la paz se construye día a día.
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Crónica Carlos Henao Gaviria
FICONPAZ
Octubre 2026
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