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Un encuentro con sus propios sueños

Foto del escritor: FICONPAZ Fundación
FICONPAZ Fundación
hace 15 horas
6 min de lectura

Un territorio que es frontera y refugio

A media hora de San José del Guaviare, en un lugar llamado Ciudad de Dios, la selva deja de ser Orinoquía sin terminar de ser Amazonía. Es tierra de tránsito, como lo son también quienes la habitan: comunidades indígenas que llegaron desde el oriente brasileño hace generaciones, familias campesinas que se asentaron después y un río, el Guaviare, que ha visto pasar más historias de las que cualquier crónica podría contener. En este departamento, uno de los menos poblados de Colombia, con apenas 1,72 habitantes por kilómetro cuadrado, la distancia no se mide solo en kilómetros: se mide en la brecha entre lo que el Estado promete y lo que efectivamente llega hasta la manigua.



San José del Guaviare, su capital, alberga más de 35 etnias distintas. Tucano, Cubeo, Piratapuyo, Desano, Sikuani, Jiw, Nukak: nombres que representan lenguas, cosmovisiones y formas de habitar el mundo que insisten en sobrevivir a pesar del abandono histórico y de un conflicto armado que, lejos de apagarse con la firma de un acuerdo de paz, ha mutado en nuevas disputas por el control del territorio. En ese contexto de fragilidad institucional, de comunidades desplazadas que terminan durmiendo en los parques céntricos de la ciudad, de jóvenes que crecen viendo el conflicto como algo cotidiano, la Comisión de Diálogo Social, Humanitaria y de Reconciliación del Guaviare decidió sembrar algo distinto.


Cimientos de la Comisión de Diálogo Social, Humanitaria y de Reconciliación que le apuestan a la paz

La Comisión nació de una convicción de la Iglesia Católica: la construcción de paz no puede depender solo de los acuerdos firmados en La Habana o en Bogotá, sino que necesita cimentarse en cada territorio, con quienes lo habitan. Con el respaldo de FICONPAZ y el impulso del proyecto Trayectorias de Paz y Desarrollo, financiado por el PNUD y la Embajada de Noruega en Colombia, esta Comisión ha ido consolidando espacios de escucha, mediación e incidencia, desde tres pilares: el diálogo social, la construcción de memoria territorial y el trabajo con jóvenes.


Fue precisamente esta última columna la que, los días 29 y 30 de agosto de 2026, tomó forma concreta en Ciudad de Dios. Porque construir entornos protectores no es una tarea abstracta: es un proceso que se encamina a través de acciones como reunir a 18 niños, niñas y adolescentes de los pueblos Desano, Piratapuyo, Tukano, Kubeo y Yuruti, provenientes de los resguardos La Fuga, Refugio, Panuré, La Paz, Asunción, El Retorno y Cachicamo, y ofrecerles algo que muchos de ellos no habían tenido antes: un espacio propio, diseñado para ellos, donde pudieran preguntarse por sus vidas y qué quieren ser, en un campamento que les ofreció momentos de encuentro personales, culturales y étnicos.


30 de agosto de 2026 - Monseñor Jesús Torres, Obispo de Guaviare, ofrece una oración para que niñas, niños, adolescentes y jóvenes del Guaviare construyan su proyecto de vida de la mano de Dios
30 de agosto de 2026 - Monseñor Jesús Torres, Obispo de Guaviare, ofrece una oración para que niñas, niños, adolescentes y jóvenes del Guaviare construyan su proyecto de vida de la mano de Dios

Armar una carpa, armar un sueño

El campamento se construyó, literalmente, sobre la incomodidad. Los jóvenes tuvieron que levantar sus propias carpas, dormir lejos de sus casas y de sus familias, convivir con otros que venían de resguardos con los que normalmente no comparten, y enfrentar la lluvia, el cambio de temperatura y hasta una leve inundación en algunas de las carpas. Tuvieron que resolver juntos, en una olla comunitaria, el sencillo y complejo asunto de alimentarse. Y tuvieron que hacer todo esto sin la muleta a la que están acostumbrados: en Ciudad de Dios no hay señal de celular.


Ese silencio digital, que en un primer momento se sintió como una ruptura, terminó siendo el terreno fértil donde germinó lo esencial del encuentro. La metodología se desplegó en cinco momentos que fueron, en el fondo, cinco maneras de construir confianza: un espacio de apertura para reconocerse; un ejercicio para identificar juntos los riesgos y también los factores que los protegen; un teatro foro que permitió representar situaciones ficticias para nombrar, sin exponerse, realidades muy propias de su territorio; un momento dedicado a imaginar el proyecto de vida; y, como cierre, una fogata.


Fue justamente alrededor de esa fogata donde ocurrió algo que ninguna actividad programada podría haber garantizado: el intercambio. Jóvenes de etnias distintas, de resguardos que no suelen encontrarse, compartieron su concepción de la familia, de la lengua, de cómo se transmite la cultura entre generaciones. Kevin Adrián Galindo Rayo, representante de la Plataforma de Juventud del Guaviare, les habló de su propio proyecto de vida y de cómo, a través de la academia, está construyendo un camino que muchos de ellos ni siquiera sabían que podían recorrer, incluida la posibilidad real de acceder a becas en la Universidad Nacional.


Preguntarse por primera vez qué se quiere ser

Para la mayoría de los jóvenes que llegaron a Ciudad de Dios, la pregunta por el futuro era, sencillamente, una pregunta nueva. Están escolarizados, pero pocos se proyectan hacia una carrera; apenas dos de ellos cursan estudios universitarios, conscientes de que no es lo común entre los suyos. Cuando el futuro aparece en sus horizontes, suele estar atado a la estabilidad económica o a los roles que la tradición les asigna: ellas, la maternidad; ellos, el trabajo, y rara vez se permite el lujo de convertirse en un sueño propio.


29 de agosto de 2026 - Camila, a sus 21 años, ya tuvo una familia, se separó y de nuevo se pregunta sobre el futuro y lo proyecta en su mapa de sueños
29 de agosto de 2026 - Camila, a sus 21 años, ya tuvo una familia, se separó y de nuevo se pregunta sobre el futuro y lo proyecta en su mapa de sueños

Ahí está la historia de Elkin, un joven de 24 años del resguardo La Fuga, cuya familia se dedica a la agricultura. Cuando su hermano menor murió, algo se quebró en el equilibrio de su hogar, y aunque sus padres nunca se lo pidieron, Elkin asumió sobre sus hombros la carga emocional y económica de toda la familia. Dejó de estudiar. Empezó a trabajar. Y desde entonces vive con el miedo instalado de perder a alguien más, un miedo que durante el campamento, sin señal de celular para calmarlo, se volvió casi insoportable: "Yo estoy aquí, pero estoy muy ansioso y no sé cómo está mi hermanita, porque así ya ella sea una mujer mayor de edad, siento que yo tengo la responsabilidad de estar todo el tiempo ahí con ella". Y sin embargo, en medio de esa ansiedad, Elkin dejó ver también el sueño que carga desde hace tiempo: salir del Guaviare, ver algo distinto, tal vez dedicarse al turismo. "Yo siento que a mí lo emocional me puede, y eso me afectó mi estudio, mis sueños, mi todo", confesó, consciente de que ahora está retomando el bachillerato por validación, buscando el camino de regreso hacia esa carrera que todavía no logra nombrar del todo.


29 de agosto de 2026 - Elkin, al fondo, construyendo su mapa de los sueños
29 de agosto de 2026 - Elkin, al fondo, construyendo su mapa de los sueños

También estaba el joven maestro de Cachicamo, a tres horas de San José del Guaviare, que enseña en una escuela rural donde, cuando arrecian los enfrentamientos, tiene que lanzarse al piso junto con sus estudiantes y saber de memoria cuál pared es de cemento y cuál no resistiría una bala. Que un adolescente deba distinguir paredes seguras de paredes vulnerables mientras dicta clase dice, mejor que cualquier estadística, lo que significa crecer en este territorio.


Lo que se nombra y lo que se construye

El campamento también dejó ver una tensión que merece nombrarse con cuidado: en la ruralidad del Guaviare, el consumo de alcohol se ha naturalizado hasta convertirse, entre algunos pueblos, en motivo de competencia festiva alrededor de la fogata –quién bebe chicha más rápido–, una costumbre que mezcla orgullo cultural con una problemática social que preocupa profundamente a quienes acompañan a estos jóvenes. Reconocerlo sin juzgarlo, y trabajar desde ahí para desnaturalizarlo, es parte del camino que la Comisión y FICONPAZ se proponen seguir construyendo.Porque si algo dejó claro esta primera experiencia es que el trabajo apenas comienza. Persisten familias que, sin proponérselo, limitan la participación de sus propios hijos.


Persiste la barrera del idioma, que dificulta que estos procesos lleguen a más jóvenes. Y persiste, sobre todo, la certeza de que fortalecer las capacidades de liderazgo, ampliar las oportunidades reales y sostener entornos que protejan a la niñez y la juventud indígena del Guaviare no es una tarea de dos días, sino un edificio que se levanta despacio, encuentro tras encuentro, fogata tras fogata.


En Ciudad de Dios, sin señal de celular, un grupo de jóvenes Desano, Piratapuyo, Tukano, Kubeo y Yuruti se atrevió, quizás por primera vez, a preguntarse quién quiere ser cuando crezca. Esa pregunta, sembrada allí, en medio de la selva, es ya un cimiento. Y sobre cimientos así, la Comisión de Diálogo Social, Humanitaria y de Reconciliación del Guaviare, con el acompañamiento de FICONPAZ, sigue empeñada en construir, palmo a palmo, una paz que tenga rostro, lengua propia y raíces profundamente territoriales.


29 de agosto de 2026 - Kevin Adrián Galindo comparte su historia y proyecto de vida. Anima a niñas, niños, adolescentes y jóvenes a construir sus sueños a través de la educación.
29 de agosto de 2026 - Kevin Adrián Galindo comparte su historia y proyecto de vida. Anima a niñas, niños, adolescentes y jóvenes a construir sus sueños a través de la educación.

FICONPAZ acompaña a la Comisión de Diálogo Social, Humanitaria y de Reconciliación del Guaviare - Con el apoyo de la Embajada de Noruega en Colombia y PNUD

Septiembre 2026

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